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El peso de la culpa

  • 16 mar
  • 4 Min. de lectura

Hace un par de años tomé una decisión que hoy me pesa más de lo que puedo explicar con palabras. Mi historia no es fácil de contar, pero siento que, quizás, al compartirla, pueda ayudar a alguien que esté pasando por lo mismo que yo, alguien que, como yo, cree que no hay salida.



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Todo comenzó cuando me enteré de que estaba embarazada. Mi vida estaba lejos de ser estable, y el miedo me invadió. Tenía 25 años, mi relación con mi pareja no era sólida, mi trabajo era precario, y mi futuro parecía incierto. El miedo a lo desconocido me paralizó. Pensé que no podría darle la vida que mi bebé merecía, que no podría con la responsabilidad. Las dudas me invadieron. Mi pareja, al principio, parecía apoyarme, pero pronto las palabras se volvieron frías y llenas de miedo, al igual que las mías. Comenzaron a pesar más los temores, las inseguridades y las voces que me decían que abortar era la opción más fácil. "Es solo un embrioncito", me repetían. "No es el momento para ser madre". Y, de alguna manera, mi corazón se llenó de desesperación, buscando la solución más rápida, la que me sacara de ese túnel oscuro.


El día que tomamos la decisión fue el más difícil de mi vida. A pesar de las dudas, decidí hacerlo. El miedo a lo que significaría ser madre en ese momento, la incertidumbre de no saber cómo seguir adelante, me empujaron a la clínica. Pensé que podría olvidarlo, que mi vida seguiría igual. Pero nada fue igual.


Cuando salí de allí, sentí que algo en mí se rompió. El vacío que quedó no se llenaba con nada. Las semanas pasaron, pero el sentimiento de culpa no se fue. Mi corazón se ahogaba en un dolor profundo, que parecía crecer con cada día que pasaba. Comencé a evitar a mis amigos y familiares. Me sentía como si tuviera una marca invisible que me señalaba como la culpable, la que había decidido quitarle la oportunidad de vivir a un ser humano. La tristeza me envolvía por completo.


La presión que sentía era insoportable. No me sentía digna de la misericordia de Dios. Pensaba que mi error era irreversible, que jamás podría perdonarme. La culpa me consumía. Algunas noches, lloraba hasta quedarme dormida, rogando que el dolor desapareciera. Pero no lo hacía. Se volvía más fuerte.


Mi relación con mi pareja tampoco sobrevivió a esa decisión. La tensión, la falta de comunicación y el resentimiento fueron minando lo que quedaba de nuestra conexión. Nos distanciamos. Yo no podía compartir mi sufrimiento con él, y él no entendía por qué me sentía así. Me sentía sola en un mar de emociones, con la vergüenza de no haber tomado otra decisión, de no haber luchado por la vida.


Llegué a pensar en que la mejor opción sería desaparecer, que mi vida ya no tenía sentido. No podía perdonarme. Me sentía rota, incapaz de seguir adelante. Pero algo, en lo más profundo de mi ser, me decía que aún había esperanza. A pesar del dolor, algo me susurraba que Dios no me había abandonado. Entonces, comencé a buscar consuelo en la fe, en las palabras de la Biblia.

En un momento de desesperación, leí un versículo que tocó mi corazón: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:8-9). Fue como un rayo de luz. El perdón de Dios es real, y aunque yo no pudiera perdonarme a mí misma, Él sí podía hacerlo.


Poco a poco, con la ayuda de oración y buscando apoyo, empecé a encontrar paz. Aprendí que, aunque no puedo deshacer el pasado, Dios me ama tal y como soy, y Él me está ayudando a sanar, paso a paso. Hoy, a pesar de la carga que aún siento, sé que mi vida no se ha terminado. Aún puedo encontrar propósito, y puedo ayudar a otras mujeres a que no pasen por lo mismo que yo. Dios me dio una nueva oportunidad, una oportunidad para sanar y para ayudar a otras a que encuentren la luz en medio de la oscuridad.


Si alguna mujer está leyendo esto y está pensando en abortar, quiero decirte que lo que sientes es real, y es válido. Pero también quiero decirte que hay otras opciones, que tu bebé tiene valor, y que tú también lo tienes. No tomes una decisión basada en el miedo. Te lo digo desde el fondo de mi corazón: no estás sola. Hay esperanza, y hay perdón.


Hoy, aunque sigo luchando con las huellas de mi decisión, sé que hay paz. No es un camino fácil, pero Dios me ha mostrado que la sanación es posible, que Él me ama más allá de mis errores y que mi vida tiene un propósito, a pesar de todo.


Gracias, Dios, por darme la fuerza para seguir adelante. Y gracias a todas las personas que me han apoyado en este proceso de sanación. Si tú también estás sufriendo, por favor, busca ayuda. Hay esperanza, y tú también mereces sanar


LM

 
 
 

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